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HabĂa una vez un canguro que era un autĂ©ntico campeĂ³n de las carreras, pero al que el Ă©xito habĂa vuelto vanidoso, burlĂ³n y antipĂ¡tico. La principal vĂctima de sus burlas era un pequeño pingĂ¼ino, al que su andar lento y torpĂ³n impedĂa siquiera acabar las carreras.
Un dĂa el zorro, el encargado de organizarlas, publicĂ³ en todas partes que su favorito para la siguiente carrera era el pobre pingĂ¼ino. Todos pensaban que era una broma, pero aĂºn asĂ el vanidoso cangurĂ³ se enfadĂ³ muchĂsimo, y sus burlas contra el pingĂ¼ino se intensificaron. Éste no querĂa participar, pero era costumbre que todos lo hicieran, asĂ que el dĂa de la carrera se uniĂ³ al grupo que siguiĂ³ al zorro hasta el lugar de iniciĂ³. El zorro los guiĂ³ montaña arriba durante un buen rato, siempre con las mofas sobre el pingĂ¼ino, sobre que si bajarĂa rondando o resbalando sobre su barriga...
Pero cuando llegaron a la cima, todos callaron. La cima de la montaña era un crĂ¡ter que habĂa rellenado un gran lago. Entonces el zorro dio la señal de salida diciendo: "La carrera es cruzar hasta el otro lado". El pingĂ¼ino, emocionado, corriĂ³ torpemente a la orilla, pero una vez en el agua, su velocidad era insuperable, y ganĂ³ con una gran diferencia, mientras el canguro apenas consiguiĂ³ llegar a la otra orilla, lloroso, humillado y medio ahogado. Y aunque parecĂa que el pingĂ¼ino le esperaba para devolverle las burlas, Ă©ste habĂa aprendido de su sufrimiento, y en lugar de devolvĂ©rselas, se ofreciĂ³ a enseñarle a nadar.
Aquel dĂa todos se divirtieron de lo lindo jugando en el lago. Pero el que mĂ¡s lo hizo fue el zorro, que con su ingenio habĂa conseguido bajarle los humos al vanidoso canguro.
Autor:Pedro Pablo Sacristan .
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Todos los duendes se dedicaban a construir dos palacios, el de la verdad y el de la mentira. Los ladrillos del palacio de la verdad se creaban cada vez que un niño decĂa una verdad, y los duendes de la verdad los utilizaban para hacer su castillo. Lo mismo ocurrĂa en el otro palacio, donde los duendes de la mentira construĂan un palacio con los ladrillos que se creaban con cada nueva mentira. Ambos palacios eran impresionantes, los mejores del mundo, y los duendes competĂan duramente porque el suyo fuera el mejor.
Tanto, que los duendes de la mentira, mucho mĂ¡s tramposos y marrulleros, enviaron un grupo de duendes al mundo para conseguir que los niños dijeran mĂ¡s y mĂ¡s mentiras. Y como lo fueron consiguiendo, empezaron a tener muchos mĂ¡s ladrillos, y su palacio se fue haciendo mĂ¡s grande y espectacular. Pero un dĂa, algo raro ocurriĂ³ en el palacio de la mentira: uno de los ladrillos se convirtiĂ³ en una caja de papel. Poco despuĂ©s, otro ladrillo se convirtiĂ³ en arena, y al rato otro mĂ¡s se hizo de cristal y se rompiĂ³. Y asĂ, poco a poco, cada vez que se iban descubriendo las mentiras que habĂan creado aquellos ladrillos, Ă©stos se transformaban y desaparecĂan, de modo que el palacio de la mentira se fue haciendo mĂ¡s y mĂ¡s dĂ©bil, perdiendo mĂ¡s y mĂ¡s ladrillos, hasta que finalmente se desmoronĂ³.
Y todos, incluidos los duendes mentirosos, comprendieron que no se pueden utilizar las mentiras para nada, porque nunca son lo que parecen y no se sabe en quĂ© se convertirĂ¡n. .
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HabĂa una vez un leĂ³n afĂ³nico. Era afĂ³nico desde siempre, porque nunca habĂa podido rugir, pero nadie en la sabana lo sabĂa. Como desde muy pequeño habĂa visto que no podĂa rugir, habĂa aprendido a hablar sosegadamente con todo el mundo y a escucharles, y convencerles de sus opiniones sin tener que lanzar ni un rugido, ganĂ¡ndose el afecto y confianza de todos.
Pero un dĂa, el leĂ³n hablĂ³ con un puerco tan bruto y cabezota, que no encontraba la forma de hacerle entrar en razĂ³n. Entonces, sintiĂ³ tantas ganas de rugir, que al no poder hacerlo se sintiĂ³ en desventaja. AsĂ que dedicĂ³ unos meses a inventar una mĂ¡quina de rugir que se activase sĂ³lo cuando Ă©l quisiera. Y poco despuĂ©s de tenerla terminada, volviĂ³ a aparecer por allĂ el puerco testarudo, y tanto sacĂ³ al leĂ³n de sus casillas, que lanzĂ³ un rugido aterrador con su mĂ¡quina de rugir.
- ¡¡¡GRRRRROAUUUUUUUUUUUU!!!
Entonces, no sĂ³lo el puerco, sino todos los animales, se llevaron un susto terrible, y durante meses ninguno de ellos se atreviĂ³ salir. El leĂ³n quedĂ³ tan triste y solitario, que tuvo tiempo para darse cuenta de que no necesitaba rugir para que le hicieran caso ni para salirse con la suya, y que sin saberlo, su afonĂa le habĂa llevado a ser buenĂsimo hablando y convenciendo a los demĂ¡s. AsĂ que poco a poco, a travĂ©s de su tono amable y cordial, consiguiĂ³ recuperar la confianza de todos los animales, y nunca mĂ¡s pensĂ³ en recurrir a sus rugidos ni a sus gritos.
Autor: Pablo Sacristan .
Gorg el gigante vivĂa desde hacĂa siglos en la Cueva de la Ira. Los gigantes eran seres pacĂficos y solitarios hasta que el rey CĂo el Terrible les acusĂ³ de arruinar las cosechas y ordenĂ³ la gran caza de gigantes. SĂ³lo Gorg habĂa sobrevivido, y desde entonces se habĂa convertido en el mĂ¡s feroz de los seres... .
Es producto radial lo realizo la emisora Mauxi Estereo del municipio de Guadalupe, Huila. A traves de un "reencauche" del Renacuajo Paseador de Rafael Pombo, pretenden mostrar la creatividad y originalidad que caracteriza a los chicos.Escuchar Audio
Un mago poderoso busca la ayuda del Hada Cristina para poder aprender el conjuro de Invisibilidad. El Hada le somete a una prueba, y luego le enseña el significado de ser invisible...Escuchar Audio
Érase una vez un padre que tenĂa tres hijos muy perezosos. Se puso enfermo y mandĂ³ llamar al notario para hacer testamento:- Señor notario -le dijo- lo Ăºnico que tengo es un burro y quisiera que fuera para el mĂ¡s perezoso de mis hijos.
Al poco tiempo el hombre muriĂ³ y el notario viendo que pasaban los dĂas sin que ninguno de los hijos le preguntara por el testamento, los mandĂ³ llamar para decirles:
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Es un dĂa de invierno muy crudo. En el campo nevaba copiosamente, dentro de una casa de labor, en su establo, habĂa un Burrito que miraba a travĂ©s del cristal de la ventana. Junto a Ă©l tenĂa el pesebre cubierto de paja seca.Escuchar el cuento
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