
Estoy absolutamente quieto, estoy seguro de ello, nada sale de mĂ, no entiendo como es que se fijan tanto, porquĂ© no pasan de largo, porquĂ© no me dejan en paz. ¿Por quĂ© tienen que ponerse allĂ frente a mĂ y mirarme de esa manera? Algunos parecen querer herirme, hacerme daño; otros muestran asco, y yo ¿quĂ© les he hecho, quĂ© culpa tengo de su sentir, por quĂ© tengo que pagar su dolor, si no se aman, si no son amados, quĂ© puedo yo hacer? Muy pocas veces se fijan realmente en lo que soy, en lo que siento, mĂ¡s parece que se ven a si mismos. Voy a engañarlos, es posible, ya no voy a dejarlos que me miren mĂ¡s, al principio era magnifico, me sentĂa inmenso, a mi voluntad podĂa hacer que se pararan, que se volvieran, no les era posible pasar de largo, pero ahora estoy hastiado, mi luna pesa de tantas historias reflejadas y no contadas, amores perdidos y no narrados, venganzas cumplidas y acalladas. No mĂ¡s, voy a cambiar todo esto.

- Buenas Carmiña, ¿quĂ© hace?
- QuĂ© le parece, recogiendo los pedazos, algĂºn sinvergĂ¼enza lo reventĂ³ anoche, claro que el borracho del celador dice que se descolgĂ³ el solito, flotĂ³, imagĂnese y rompiĂ³ en todos estos pedacitos antes de caer al suelo, que loco…
Maltha Rodriguez

HabĂa una vez una vez un hombre de noble cuna , que despuĂ©s de atravesar el desierto llego a un poblado lleno de Ă¡rboles y huertos y lo primero que encontrĂ³ fue un pozo , sediento como estaba se acerco para saciar su sed , pero el agua estaba tan profunda , que era inaccesible y nada de su alrededor podĂa facilitarle el alcanzar el agua , por ello decidiĂ³ sentarse junto al pozo a esperar que pasara alguna cosa y confiando en Dios.
Al poco rato , se aproximo una mujer con una jarra asentada en su cadera y una cuerda en la mano. Al verle allĂ sentado , con una sonrisa le saludĂ³. - " La paz de Dios sea contigo"y el le respondiĂ³ .-" Su paz sea contigo"Y la mujer sin decir nada , deslizo de sus manos la cuerda dentro del pozo y atada en un extremo la jarra , que hizo descender lentamente y con cuidado luego se oyĂ³ el chapoteo de la jarra al hundirse en el agua , entonces la mujer alargando el brazo , removiĂ³ la cuerda para que se llenara el recipiente y empezĂ³ a tirar de ella hacia arriba con fuerza y cuidado.
Mientras el hombre sentado al lado del pozo le contaba , lo mucho que habĂa viajado y que habĂa conocido todo tipo de pozos .La mujer de cuando en cuando se lo miraba sin dejar de sonreir...y tiraba y tiraba de la larga cuerda subiendo la jarra .
Yo he conocido pozos mucho mas grandes que este y he probado aguas salobres y otras mas dulces y parece mentira la gama de sabores que pueda tener el agua...El hombre comentaba . Ella le dirigĂa alguna mirada asintiendo sus palabras...al final haciendo un Ăºltimo esfuerzo la mujer cogiĂ³ por un asa la jarra, la descanso sobre el borde del pozo y recogiĂ³ la cuerda , agarro la jarra mojada se la planto al costado y dirigiendo una mirada al hombre le dijo .-" Pues muy bien , estad con Dios.." y se marcho.
El hombre sin moverse de donde estaba vio como se alejaba la mujer y abatido se dispuso a esperar que Dios en su Misericordia le proporcionara la manera de poder beber agua de aquel pozo...

Abuelita

Abuelita es muy vieja, tiene muchas arrugas y el pelo completamente blanco, pero sus ojos brillan como estrellas, sĂ³lo que mucho mĂ¡s hermosos, pues su expresiĂ³n es dulce, y da gusto mirarlos.
También sabe cuentos maravillosos y tiene un vestido de flores grandes, grandes, de una seda tan tupida que cruje cuando anda.
Abuelita sabe muchas, muchĂsimas cosas, pues vivĂa ya mucho antes que papĂ¡ y mamĂ¡, esto nadie lo duda. Tiene un libro de cĂ¡nticos con recias cantoneras de plata; lo lee con gran frecuencia. En medio del libro hay una rosa, comprimida y seca, y, sin embargo, la mira con una sonrisa de arrobamiento, y le asoman lĂ¡grimas a los ojos.

¿Por quĂ© abuelita mirarĂ¡ asĂ la marchita rosa de su devocionario? ¿No lo sabes? Cada vez que las lĂ¡grimas de la abuelita caen sobre la flor, los colores cobran vida, la rosa se hincha y toda la sala se impregna de su aroma; se esfuman las paredes cual si fuesen pura niebla, y en derredor se levanta el bosque, esplĂ©ndido y verde, con los rayos del sol filtrĂ¡ndose entre el follaje, y abuelita vuelve a ser joven, una bella muchacha de rubias trenzas y redondas mejillas coloradas, elegante y graciosa; no hay rosa mĂ¡s lozana, pero sus ojos, sus ojos dulces y cuajados de dicha, siguen siendo los ojos de abuelita.

Sentado junto a ella hay un hombre, joven, vigoroso, apuesto.

Huele la rosa y ella sonrĂe - ¡pero ya no es la sonrisa de abuelita! - sĂ, y vuelve a sonreĂr. Ahora se ha marchado Ă©l, y por la mente de ella desfilan muchos pensamientos y muchas figuras; el hombre gallardo ya no estĂ¡, la rosa yace en el libro de cĂ¡nticos, y... abuelita vuelve a ser la anciana que contempla la rosa marchita guardada en el libro.

Ahora abuelita se ha muerto. Sentada en su silla de brazos, estaba contando una larga y maravillosa historia.

- Se ha terminado -dijo- y yo estoy muy cansada; dejadme echar un sueñecito.
Se recostĂ³ respirando suavemente, y quedĂ³ dormida; pero el silencio se volvĂa mĂ¡s y mĂ¡s profundo, y en su rostro se reflejaban la felicidad y la paz; habrĂase dicho que lo bañaba el sol... y entonces dijeron que estaba muerta.
La pusieron en el negro ataĂºd, envuelta en lienzos blancos. ¡Estaba tan hermosa, a pesar de tener cerrados los ojos! Pero todas las arrugas habĂan desaparecido, y en su boca se dibujaba una sonrisa. El cabello era blanco como plata y venerable, y no daba miedo mirar a la muerta. Era siempre la abuelita, tan buena y tan querida. Colocaron el libro de cĂ¡nticos bajo su cabeza, pues ella lo habĂa pedido asĂ, con la rosa entre las pĂ¡ginas. Y asĂ enterraron a abuelita.
En la sepultura, junto a la pared del cementerio, plantaron un rosal que floreciĂ³ esplĂ©ndidamente, y los ruiseñores acudĂan a cantar allĂ, y desde la iglesia el Ă³rgano desgranaba las bellas canciones que estaban escritas en el libro colocado bajo la cabeza de la difunta.
La luna enviaba sus rayos a la tumba, pero la muerta no estaba allĂ; los niños podĂan ir por la noche sin temor a coger una rosa de la tapia del cementerio. Los muertos saben mucho mĂ¡s de cuanto sabemos todos los vivos; saben el miedo, el miedo horrible que nos causarĂan si volviesen. Pero son mejores que todos nosotros, y por eso no vuelven.
Hay tierra sobre el fĂ©retro, y tierra dentro de Ă©l. El libro de cĂ¡nticos, con todas sus hojas, es polvo, y la rosa, con todos sus recuerdos, se ha convertido en polvo tambiĂ©n. Pero encima siguen floreciendo nuevas rosas y cantando los ruiseñores, y enviando el Ă³rgano sus melodĂas. Y uno piensa muy a menudo en la abuelita, y la ve con sus ojos dulces, eternamente jĂ³venes. Los ojos no mueren nunca.
Los nuestros verĂ¡n a abuelita, joven y hermosa como antaño, cuando besĂ³ por vez primera la rosa, roja y lozana, que yace ahora en la tumba convertida en polvo.
FIN.
Autor: Hans Christian Andersen
Cuentan que cierto dĂa, estaban en el bosque un caballo y su pequeño hijo, ambos gustaban de correr sin rumbo fijo, solo por el placer de sentir el cĂ¡lido aire sobre sus cabezas.
Padre e hijo disfrutaban mucho de estas carreras y el compartir sus conversaciones que tanto bien hacia a ambos, siempre tenĂan plĂ¡ticas de lo mĂ¡s amenas y realmente existĂa una comunicaciĂ³n constante entre ellos.
Una mañana, salieron como era su costumbre a correr, estaban muy felices porque era un dĂa esplĂ©ndido, cuando de repente el pequeño caballo tropezĂ³ y cayĂ³ rodando, su padre se detuvo de inmediato volviendo sobre sus pasos para ver que le habĂa sucedido a su pequeño hijo.
Se acerco a él para averiguar si se encontraba bien, y el pequeño no lograba levantarse, muy asustado le dijo a su padre: - Siento que no podré volverme a levantar, me siento muy lastimado de una pata.
- Hijo, debes levantarte, acaso ¿Te has roto algo?- Padre, le dijo el caballito, creo que no me he roto nada, sin embargo, un caballo nunca se cae y cuando lo hace, le resulta sumamente difĂcil levantarse.
- Hijo, estĂ¡s equivocado, algunos animales como nosotros caen, pero vuelven a levantarse y tu te levantarĂ¡s, porque tu no tienes nada roto, tu voluntad harĂ¡ que te levantes y vuelvas a caminar y a correr como siempre lo has hecho, no permitirĂ¡s que tu mente te haga tomar una decisiĂ³n equivocada, creyendo que porque has caĂdo no podrĂ¡s levantarte, ademĂ¡s, yo te ayudarĂ© a hacerlo, porque yo precisarĂ© de tu ayuda, cuando caiga y necesite levantarme igualmente.
- Pero padre, ¿cĂ³mo podrĂa yo ayudarte a levantar si soy tan pequeño?
- Hijo no se necesita fuerza fĂsica para dar esa clase de ayuda, solo se requiere un gran amor, esa es la clase de ayuda que necesitamos, sentirnos apoyados por nuestros seres mĂ¡s queridos, y yo te amo mucho y por esa razĂ³n te digo que te levantes, porque todavĂa tenemos muchos caminos que recorrer juntos.
Y nuestro pequeño caballito, se levantĂ³, se sacudiĂ³ el polvo, empezĂ³ a caminar junto a su amado padre y pronto empezaron a correr como era su costumbre.
CAERSE no es lo importante, lo importante es LEVANTARSE cuantas veces sea necesario.
Cuentan que cierto dĂa, estaban en el bosque un caballo y su pequeño hijo, ambos gustaban de correr sin rumbo fijo, solo por el placer de sentir el cĂ¡lido aire sobre sus cabezas.
Padre e hijo disfrutaban mucho de estas carreras y el compartir sus conversaciones que tanto bien hacia a ambos, siempre tenĂan plĂ¡ticas de lo mĂ¡s amenas y realmente existĂa una comunicaciĂ³n constante entre ellos.
Una mañana, salieron como era su costumbre a correr, estaban muy felices porque era un dĂa esplĂ©ndido, cuando de repente el pequeño caballo tropezĂ³ y cayĂ³ rodando, su padre se detuvo de inmediato volviendo sobre sus pasos para ver que le habĂa sucedido a su pequeño hijo.
Se acerco a él para averiguar si se encontraba bien, y el pequeño no lograba levantarse, muy asustado le dijo a su padre: - Siento que no podré volverme a levantar, me siento muy lastimado de una pata.
- Hijo, debes levantarte, acaso ¿Te has roto algo?- Padre, le dijo el caballito, creo que no me he roto nada, sin embargo, un caballo nunca se cae y cuando lo hace, le resulta sumamente difĂcil levantarse.
- Hijo, estĂ¡s equivocado, algunos animales como nosotros caen, pero vuelven a levantarse y tu te levantarĂ¡s, porque tu no tienes nada roto, tu voluntad harĂ¡ que te levantes y vuelvas a caminar y a correr como siempre lo has hecho, no permitirĂ¡s que tu mente te haga tomar una decisiĂ³n equivocada, creyendo que porque has caĂdo no podrĂ¡s levantarte, ademĂ¡s, yo te ayudarĂ© a hacerlo, porque yo precisarĂ© de tu ayuda, cuando caiga y necesite levantarme igualmente.
- Pero padre, ¿cĂ³mo podrĂa yo ayudarte a levantar si soy tan pequeño?
- Hijo no se necesita fuerza fĂsica para dar esa clase de ayuda, solo se requiere un gran amor, esa es la clase de ayuda que necesitamos, sentirnos apoyados por nuestros seres mĂ¡s queridos, y yo te amo mucho y por esa razĂ³n te digo que te levantes, porque todavĂa tenemos muchos caminos que recorrer juntos.
Y nuestro pequeño caballito, se levantĂ³, se sacudiĂ³ el polvo, empezĂ³ a caminar junto a su amado padre y pronto empezaron a correr como era su costumbre.
CAERSE no es lo importante, lo importante es LEVANTARSE cuantas veces sea necesario.
HallĂ¡ndose un rey de cacerĂa en un gran bosque, saliĂ³ en persecuciĂ³n de una pieza con tal ardor, que ninguno de sus acompañantes pudo seguirlo. Al anochecer detuvo su caballo y dirigiendo una mirada a su alrededor, se dio cuenta de que se habĂa extraviado y, aunque tratĂ³ de buscar una salida no logrĂ³ encontrar ninguna. Vio entonces a una vieja, que se le acercaba cabeceando. Era una bruja. - Buena mujer -le dijo el Rey-, ¿no podrĂas indicarme un camino para salir del bosque?.
- Oh, si, Señor rey -respondiĂ³ la vieja-. Si puedo, pero con una condiciĂ³n. Si no la aceptĂ¡is, jamĂ¡s saldrĂ©is de esta selva. Y morirĂ©is de hambre.
- ¿Y quĂ© condiciĂ³n es Ă©sa? -preguntĂ³ el Rey.
- Tengo una hija -declarĂ³ la vieja-, hermosa como no encontrarĂais otra igual en el mundo entero, y muy digna de ser vuestra esposa. Si os comprometĂ©is a hacerla Reina, os mostrarĂ© el camino para salir del bosque. El Rey, aunque angustiado en su corazĂ³n, aceptĂ³ el trato, y la vieja lo condujo a su casita, donde su hija estaba sentada junto al fuego. RecibiĂ³ al Rey como si lo hubiese estado esperando, y aunque el soberano pudo comprobar que era realmente muy hermosa, no le gustĂ³, y no podĂa mirarla sin un secreto terror. Cuando la doncella hubo montado en la grupa del caballo, la vieja indicĂ³ el camino al Rey, y la pareja llegĂ³, sin contratiempo, al palacio, donde poco despuĂ©s se celebrĂ³ la boda.
El Rey estuvo ya casado una vez, y de su primera esposa le habĂan quedado siete hijos: seis varones y una niña, a los que amaba mĂ¡s que todo en el mundo. Temiendo que la madrastra los tratara mal o llegara tal vez a causarles algĂºn daño, los llevĂ³ a un castillo solitario, que se alzaba en medio de un bosque. Tan oculto estaba y tan difĂcil era el camino que conducĂa allĂ¡, que ni Ă©l mismo habrĂa sido capaz de seguirlo a no ser por un ovillo maravilloso que un hada le habĂa regalado. Cuando lo arrojaba delante de sĂ, se desenrollaba Ă©l solo y le mostraba el camino. Pero el rey salĂa con tanta frecuencia a visitar a sus hijos, que, al cabo, aquellas ausencias chocaron a la Reina, la cual sintiĂ³ curiosidad por saber quĂ© iba a hacer solo al bosque. SobornĂ³ a los criados, y Ă©stos le revelaron el secreto, descubriĂ©ndole tambiĂ©n lo referente al ovillo, Ăºnico capaz de indicar el camino. Desde entonces la mujer no tuvo un momento de reposo hasta que hubo averiguado el lugar donde su marido guardaba la milagrosa madeja. Luego confeccionĂ³ unas camisetas de seda blanca y, poniendo en prĂ¡ctica las artes de brujerĂa aprendidas de su madre, hechizĂ³ las ropas. Un dĂa en que el Rey saliĂ³ de caza, cogiĂ³ ella las camisetas y se dirigiĂ³ al bosque. El ovillo le señalĂ³ el camino. Los niños, al ver desde lejos que alguien se acercaba, pensando que serĂa su padre, corrieron a recibirlo, llenos de gozo. Entonces ella les echĂ³ a cada uno una de las camisetas y, al tocar sus cuerpos, los transformĂ³ en cisnes, que huyeron volando por encima del bosque. Ya satisfecha regresĂ³ a casa creyĂ©ndose libre de sus hijastros. Pero resultĂ³ que la niña no habĂa salido con sus hermanos, y la Reina ignoraba su existencia. Al dĂa siguiente, el Rey fue a visitar a sus hijos y sĂ³lo encontrĂ³ a la niña.
- ¿DĂ³nde estĂ¡n tus hermanos? -le preguntĂ³ el Rey.
- ¡Ay, padre mĂo! -respondiĂ³ la pequeña-. Se marcharon y me dejaron sola - y le contĂ³ lo que viera desde la ventana: cĂ³mo los hermanitos transformados en cisnes, habĂan salido volando por encima de los Ă¡rboles; y le mostrĂ³ las plumas que habĂan dejado caer y ella habĂa recogido. Se entristeciĂ³ el Rey, sin pensar que la Reina fuese la artista de aquella maldad. Temiendo que tambiĂ©n le fuese robada la niña, quiso llevĂ¡rsela consigo. Mas la pequeña tenĂa miedo a su madrastra, y rogĂ³ al padre le permitiera pasar aquella noche en el castillo solitario.
Pensaba la pobre muchachita: "No puedo ya quedarme aquĂ; debo salir en busca de mis hermanos". Y, al llegar la noche, huyĂ³ a travĂ©s del bosque. Anduvo toda la noche y todo el dĂa siguiente sin descansar, hasta que la rindiĂ³ la fatiga. Viendo una cabaña solitaria, entrĂ³ en ella y hallĂ³ un aposento con seis diminutas camas; pero no se atreviĂ³ a meterse en ninguna, sino que se deslizĂ³ debajo de una de ellas, dispuesta a pasar la noche sobre el duro suelo.
MĂ¡s a la puesta del sol oyĂ³ un rumor y, al mismo tiempo, vio seis cisnes que entraban por la ventana. Se posaron en el suelo y se soplaron mutuamente las plumas, y Ă©stas les cayeron, y su piel de cisne quedo alisada como una camisa. Entonces reconociĂ³ la niña a sus hermanitos y, contentĂsima, saliĂ³ a rastras de debajo de la cama. No se alegraron menos ellos al ver a su hermana; pero el gozo fue de breve duraciĂ³n.
- No puedes quedarte aquĂ -le dijeron-, pues esto es una guarida de bandidos. Si te encuentran cuando lleguen, te matarĂ¡n.
- ¿Y no podrĂais protegerme? -preguntĂ³ la niña.
- No -replicaron ellos-, pues sĂ³lo nos estĂ¡ permitido despojarnos, cada noche, que nuestro plumaje de cisne durante un cuarto de hora, tiempo durante el cual podemos vivir en nuestra figura humana, pero luego volvemos a transformarnos en cisnes.
PreguntĂ³ la hermanita, llorando:
- ¿Y no hay modo de desencantaros?
- No -dijeron ellos-, las condiciones son demasiado terribles. DeberĂas permanecer durante seis años sin hablar ni reĂr, y en este tiempo tendrĂas que confeccionarnos seis camisas de velloritas. Una sola palabra que saliera de tu boca, lo echarĂa todo a rodar.
Y cuando los hermanos hubieron dicho esto, transcurrido ya el cuarto de hora, volvieron a remontar el vuelo, saliendo por la ventana.
Pero la muchacha habĂa adoptado la firme resoluciĂ³n de redimir a sus hermanos, aunque le costase la vida. SaliĂ³ de la cabaña y se fue al bosque, donde pasĂ³ la noche, oculta entre el ramaje de un Ă¡rbol. A la mañana siguiente empezĂ³ a recoger velloritas para hacer las camisas. No podĂa hablar con nadie, y, en cuanto a reĂr, bien pocos motivos tenĂa. Llevaba ya mucho tiempo en aquella situaciĂ³n, cuando el Rey de aquel paĂs, yendo de cacerĂa por el bosque, pasĂ³ cerca del Ă¡rbol que servĂa de morada a la muchacha. Unos monteros la vieron y la llamaron:
- ¿QuiĂ©n eres? -pero ella no respondiĂ³.
- Baja -insistieron los hombres-. No te haremos ningĂºn daño -. MĂ¡s la doncella se limitĂ³ a sacudir la cabeza. Los cazadores siguieron acosĂ¡ndola a preguntas, y ella les echĂ³ la cadena de oro que llevaba al cuello, creyendo que asĂ se darĂan por satisfechos. Pero como los hombres insistieran, les echĂ³ el cinturĂ³n y luego las ligas y, poco a poco, todas las prendas de que pudo desprenderse, quedando, al fin, sĂ³lo con la camiseta. MĂ¡s los tercos cazadores treparon a la copa del Ă¡rbol y, bajando a la muchacha, la condujeron ante el Rey, el cual le pregunto:
- ¿QuiĂ©n eres? ¿QuĂ© haces en el Ă¡rbol? -pero ella no respondiĂ³. El Rey insistiĂ³, formulando de nuevo las mismas preguntas en todas las lenguas que conocĂa. Pero en vano; ella permaneciĂ³ siempre muda. No obstante, viĂ©ndola tan hermosa, el Rey se sintiĂ³ enternecido, y en su alma naciĂ³ un gran amor por la muchacha. La envolviĂ³ en su manto y, subiĂ©ndola a su caballo, la llevĂ³ a palacio. Una vez allĂ mandĂ³ vestirla con ricas prendas, viĂ©ndose entonces la doncella mĂ¡s hermosa que la luz del dĂa. MĂ¡s no hubo modo de arrancarle una sola palabra. SentĂ³la a su lado en la mesa y su modestia y recato le gustaron tanto, que dijo:
- La quiero por esposa, y no querré a ninguna otra del mundo.
Y al cabo de algunos dĂas se celebrĂ³ la boda.
Pero la madre del Rey era una mujer malvada, a quien disgustĂ³ aquel casamiento, y no cesaba de hablar mal de su nuera.
- ¡QuiĂ©n sabe de dĂ³nde ha salido esta chica que no habla! -Murmuraba-. Es indigna de un Rey.
Transcurrido algo mĂ¡s de un año, cuando la Reina tuvo su primer hijo, la vieja se lo quitĂ³ mientras dormĂa, y manchĂ³ de sangre la boca de la madre. Luego se dirigiĂ³ al Rey y la acusĂ³ de haber devorado al niño. El Rey se negĂ³ a darle crĂ©dito, y mandĂ³ que nadie molestara a su esposa. Ella, empero, seguĂa ocupada constantemente en la confecciĂ³n de las camisas, sin atender otra cosa. Y con el prĂ³ximo hijo que tuvo, la suegra repitiĂ³ la maldad, sin que tampoco el Rey prestara oĂdos a sus palabras. Dijo:
- Es demasiado piadosa y buena, para ser capaz de actos semejantes. Si no fuese muda y pudiese defenderse, su inocencia quedarĂa bien patente.
Pero cuando, por tercera vez, la vieja robĂ³ al niño reciĂ©n nacido y volviĂ³ a acusar a la madre sin que Ă©sta pronunciase una palabra en su defensa, el Rey no tuvo mĂ¡s remedio que entregarla un tribunal, y la infeliz reina fue condenada a morir en la hoguera.
El dĂa señalado para la ejecuciĂ³n de la sentencia resultĂ³ ser el que marcaba el tĂ©rmino de los seis años durante los cuales le habĂa estado prohibido hablar y reĂr. AsĂ habĂa liberado a sus queridos hermanos del hechizo que pesaba sobre ellos. AdemĂ¡s, habĂa terminado las seis camisas, y sĂ³lo a la Ăºltima le faltaba la manga izquierda. Cuando fue conducida la hoguera, se puso las camisas sobre el brazo y cuando, ya atada al poste del tormento, dirigiĂ³ una mirada a su alrededor, vio seis cisnes, que se acercaban en raudo vuelo. Comprendiendo que se aproximaba el momento de su liberaciĂ³n, sintiĂ³ una gran alegrĂa. Los cisnes llegaron a la pira y se posaron en ella, a fin de que su hermana les echara las camisas; y no bien Ă©stas hubieron tocado sus cuerpos, se les cayĂ³ el plumaje de ave y surgieron los seis hermanos en su figura natural, sanos y hermosos. SĂ³lo al menor le faltaba el brazo izquierdo, sustituido por un ala de cisne. Se abrazaron y se besaron, y la Reina, dirigiĂ©ndose al Rey, que asistĂa, consternado, a la escena, rompiendo, por fin, a hablar, le dijo:
- Esposo mĂo amadĂsimo, ahora ya puedo hablar y declarar que sido calumniada y acusada falsamente -y relatĂ³ los engaños de que habĂa sido vĂctima por la maldad de la vieja, que le habĂa robado los tres niños, ocultĂ¡ndolos.
Los niños fueron recuperados, con gran alegrĂa del Rey, y la perversa suegra, en castigo, hubo de subir a la hoguera y morir abrasada. El Rey y la Reina, con sus seis hermanos, vivieron largos años en paz y felicidad.

